PAÑUELOS VERDES

PañuelosVerdes

Hace más de cien años el laicismo, personificado en Eloy Alfaro, fue asesinado por una turba que reclamaba la in-disolución de la fe y el Estado. Ese hecho histórico representa la fallida secularización de la política, que en la actualidad se impone incluso sobre los derechos.

Tal es el caso de lo acontecido con las reformas al Código Penal, la negación de la despenalización del aborto por violación es una imposición del catecismo espiritual de algunos legisladores, del lobby de las iglesias y de las presiones de líderes conservadores-fascistas.

Esa decisión de la Asamblea Nacional refleja la voluntad del Estado capitalista, su naturaleza represiva e injusta, su esencia machista y patriarcal, su carácter dictatorial de imponerse a través de la fe y la represión por sobre las mujeres que son violadas.

Al obligarlas a parir, al penalizar el aborto, el Estado acaba de reafirmar la concepción misógina del rol meramente reproductivo asignado a la mujer, pero además desempolva el mito medieval de lo femenino ligado al pecado, la sumisión y la servidumbre.

Las clases de moral oscurantista y las amenazas de cárcel, o infierno, no serán suficientes para que las agredidas dejen de abortar. Diferenciadamente, las mujeres pobres lo seguirán haciendo aunque su libertad esté en riesgo, incluso aunque sus vidas corran peligro, por acudir a lugares clandestinos sin garantías de salubridad, mientras las mujeres adineradas abortarán en clínicas privadas o en el extranjero. Al fin y al cabo, no habrá ley suficiente para forzar la maternidad, ni poder que evangelice los úteros de las víctimas.

Lo destacable de esta polémica es la lucha del movimiento de mujeres, las feministas ecuatorianas que, al igual a sus pares en el mundo, usaron pañuelos verdes para exigir la despenalización del aborto. Ellas lograron visibilizar la violencia sexista y entrelazar sus reivindicaciones legítimas con la necesidad de democratizar el país.

Queda por vencer al conservadurismo, pues el santo del patíbulo quiere resucitar para dirimir los asuntos públicos. Urge un movimiento que secularice el Estado y la sociedad, para garantizar los derechos humanos y los de la naturaleza.

 

Francisco Escandón Guevara

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UNASUR VS. ALIANZA DEL PACÍFICO: LA FALSA DICOTOMÍA DE LA INTEGRACIÓN REGIONAL

UNASUR VS AP DICOTOMIA

Las luchas por la independencia, las revoluciones liberales, la institución del modelo de sustitución de mercancías, el neoliberalismo, la vigencia de los gobiernos progresistas y el retorno al reinado del libre mercado están preñados de intentonas integracionistas regionales.

Una primera aproximación sugiere pensar que las iniciativas para lograr la integración sudamericana son procesos fracasados. Las causas originarias de esta realidad son diversas, pero en especial se puede señalar a la naturaleza de constitución de los Estados modernos en la región, la primacía de intereses clasistas, los propósitos de los países hegemónicos y las especificidades de los proyectos de integración como los principales responsables.

A esas dificultades prácticas se deben agregan los cambios sufridos en categorías como la integración y la regionalización, pues su conceptualización tiene relatividad temporal, de tal forma que mutaron en correspondencia con las necesidades de las clases sociales dominantes.

Inicialmente estas categorías fueron entendidas como la conjunción de varios Estados en un espacio geográfico territorial continuo, más en la actualidad los intereses rebasaron esa dimensión unilateral, hacia un sistema constituido en función de distintas variables, especialmente en base de lealtades internacionales.

Uno y otro caso sustentan a los procesos integracionistas: Unión de las Naciones del Sur (UNASUR) y Alianza del Pacífico.

La UNASUR surgió a partir del triunfo electoral de proyectos políticos modernizantes del capital, es un espacio de integración que no centra su atención en temas económico-comerciales, de productividad, sino en la gobernabilidad y cooperación política de los países integrantes, al punto que el organismo logró converger en un híbrido a gobiernos presidencialistas de cuño neoliberal o neodesarrollista.

Aparentemente, la Unión de las Naciones del Sur nació como respuesta al fracaso del neoliberalismo (imposición de las políticas de desregularización de la economía, privatizaciones y precarización del trabajo), pero su alcance no es transformador, pues  está limitada por intereses de los monopolios y por la cruel renegociación de la dependencia que destaca a China como un socio salvador de las frágiles economías subdesarrolladas.

A pesar que UNASUR fue protagonista y mediadora en los distintos conflictos internos y bilaterales del subcontinente, hoy su peso específico se reduce a la par de las derrotas electorales que cosechan los gobiernos llamados alternativos. Tal parece que su funcionamiento tiene fecha de caducidad, como lo certifica el reciente proceso de separación adoptado por el gobierno del Ecuador y su Asamblea Nacional.

Los ojos de los regímenes y empresarios de Latinoamérica ahora se enfocan en la Alianza del Pacífico. Esta también es la apuesta del morenismo, que se adscribe a  un modelo de regionalismo abierto: para liberalizar el comercio internacional y aperturar el ingreso de inversiones capitalistas desde los países de la región de Asia-Pacífico.

Esos objetivos tienen plena correspondencia con el retorno del neoliberalismo, aunque difiere con el aplicado a finales del siglo anterior e inicio del actual, por la creciente disputa de la hegemonía mundial que galanteaba los Estados Unidos de Norteamérica. China especialmente ya es en un contradictor de los intereses yanquis en Sudamérica. La vieja doctrina Monroe “América para los (norte) americanos” está amenazada.

La Alianza del Pacífico tampoco es calco ni copia del Acuerdo de  Libre Comercio para las Américas, ALCA, y sus derivaciones en los Tratados de Libre Comercio, TLC, aunque reivindica el viejo paradigma capitalista de mayor socialización de la producción y mayor acumulación de capital en escasas manos.

Las ventajas de la Alianza del Pacífico, como dicen aquellos fetichistas del libre comercio, es que implica un aperturismo de mercados y la eliminación de ciertos aranceles en la importación de mercancías, lo que redundará en la reducción de los  precios, pero también en la depresión de la producción nacional.

Es imposible competir, con el modo de producir actual, el Ecuador no tiene posibilidad frente a las potencias imperialistas. Al integrarse a un proyecto macroregional, como la Alianza del Pacífico, estará capitulando ante la sumisión y la destrucción de su aparato productivo.

Es imposible obviar las diferencias de estas economías tan dispares y asimétricas. China, al igual que los Estados Unidos de Norteamérica, es una superpotencia productora de medios de producción, mientras que el Ecuador escasamente tiene una economía primaria que apenas produce determinados medios de consumo.

Es evidente, la UNASUR y la Alianza del Pacífico están condenadas al fracaso por su naturaleza conservadora y prosistémica, por su común esencia capitalista que no resuelve las aspiraciones de las masas.

 

Francisco Escandón Guevara
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SANTIAGO CUESTA LA RENUNCIA DEL PODER DETRÁS DEL PODER

SantiagoCuesta

La historia humana oficial, erróneamente, se la registra como una suma de acontecimientos inconexos resultantes de la voluntad impuesta por líderes y héroes vencedores. Dichos personajes, no sólo fueron el epicentro de las crónicas, sino también de la polémica originada por sus decisiones incorrectas, que incluyen la selección de sus consejeros.

Ese es el caso del analfabeto Rasputín, quien fue consejero de la familia real Romanov. El místico monje loco, como era conocido, fue protagonista del imperio ruso que sucumbió.

Otro afamado consejero fue Vladimiro Montesinos, de tal influencia en el gobierno de Fujimori, que tuvo a su cargo un conjunto de responsabilidades vinculadas a la seguridad del Estado. Actualmente Montesinos está recluido por delitos de corrupción, venta de armas, narcotráfico, genocidio, etc.

Ecuador y el gobierno de Moreno no podían quedarse atrás. Desde el inicio del actual régimen, Santiago Cuesta Caputti fue el principal asesor presidencial, situado por encima de cualquier ministro de Estado, encargado de empujar las políticas antipopulares acordadas con el Fondo Monetario Internacional (FMI), tarea que los tecnócratas ministros aún la evaden.

A Cuesta le fueron delegadas las funciones de optimización del Estado, básicamente aquellas relacionadas a la reducción de su tamaño, que pueden ser traducidas en impulsos para masificar los despidos en el sector público, y las privatizaciones de las áreas estratégicas que son pretextadas como concesiones al sector privado.

Por ello causa sorpresa la renuncia del asesor presidencial. Más pareciera que su salida tiene relación a la disputa y acuerdos dentro del círculo más cercano a Moreno, en el que los empresarios, la Ruptura de los 25 y los ex correístas miden fuerzas en perspectivas de las elecciones del 2021.

Rasputín, Montesinos y Cuesta no fueron simples consejeros, hay quienes afirman que en ellos radicó el verdadero poder. Pero más allá de las conjeturas, lo cierto es que la renuncia del prepotente asesor ecuatoriano no significa que el carácter del gobierno de Moreno cambie, pues está vigente el neoliberalismo.

 

Francisco Escandón Guevara
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PAZ FALLIDA

PazFallida

Temporalmente la violencia en Colombia coincide con las pugnas bipartidistas heredadas del siglo XIX, entre conservadores y liberales, por el poder.

Más su causa originaria y estructural se relaciona a la sociedad inequitativa que privilegia los intereses monopolistas por sobre las necesidades del pueblo; a ello se suma el bloqueo oligárquico a la participación política formal de sectores emergentes y la legitimación del uso de la fuerza paramilitar para resolver conflictos.

En ese contexto de despojo de tierras y explotación a los campesinos, durante los años sesenta, se conformaron varias agrupaciones insurgentes. De tal forma que el conflicto del Estado con las organizaciones subversivas es el producto de la militarización de la política.

La acción guerrillera, una vez organizada, reclamó como suyo el derecho universal a levantarse en armas contra la opresión y desde entonces ha pasado más de medio siglo de una guerra que tiene miles de muertos y millones de desplazados, pero no certezas de su fin.

Ni el Estado ha logrado derrotar a las guerrillas, ni ninguna de ellas alcanzó a tomar el poder. Más los intentos por lograr la pacificación en el país vecino han fracasado, incluido el firmado, en el año 2016, entre las FARC y el Gobierno de Juan Manuel Santos.

Dicho Acuerdo de Paz, polémico por su carente legitimidad referendatoria, no unificó a la oligarquía, pues existe una facción comandada por Álvaro Uribe que demanda de acciones militares para arrasar con el movimiento guerrillero y popular. Tampoco el Acuerdo desmovilizó a los farianos que están dispersos militando en otras organizaciones subversivas, siendo mercenarios de grupos delincuenciales o desilusionados del incumplimiento de los compromisos adoptados por el Estado que ni siquiera garantiza la vida de quienes dejaron las armas.

Tan sólo la voluntad de Timochenko y de otros ex guerrilleros, que están institucionalizados al sistema, nunca fue garantía de la paz, menos aún los augurios de Santos, por más premio nobel que le hayan entregado.

La paz en Colombia sólo se logrará cuando las motivaciones originarias del conflicto hayan terminado, ese proceso exige de cambios estructurales, de lo contrario la guerra en mayor o menor intensidad continuará.

 

Francisco Escandón Guevara

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