EL REGRESO DE CORREA

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Pocos meses después de que Correa se autoexiliara en Bélgica, anuncia su regreso. El día de su partida, el 10 de julio, acusaba como claudicante, entreguista, desleal, incoherente… al estilo adoptado por su predecesor.

Desde entonces se acentúan las diferencias entre al anterior y al actual mandatario. Mientras Moreno toma distancias de la década anterior criticando el derroche de los dineros públicos, la corrupción, los sobreprecios, la prepotencia, la interferencia en otras funciones del Estado y la ineficacia de las políticas de la anterior administración, Rafael lo llama desleal, traidor, mediocre y pretende forzadamente constituirse en oposición del gobierno.

Esas diferencias forman parte de la crisis política del país, cuyo elemento principal es la contradicción correísmo vs. pueblo, pero que derivan en una frágil institucionalidad y en desconfianza generalizada de los órganos de control y justicia por su alineación acrítica y cómplice con la autocracia del caudillo anterior.

Alianza País también es escenario de la trifulca y aunque su desprestigio social es evidente, para las partes en disputa es indispensable hegemonizar la dirección especialmente por el control del bloque parlamentario y la ostentación simbólica de un solo liderazgo victorioso.

Los ensayos de hegemonización en el partido de gobierno son una verdadera medición de fuerzas. Las sanciones, amenazas y destituciones, la convocatoria a una ambigua convención nacional y el anuncio de regreso de Correa tiene la dimensión semejante al de un ajuste de cuentas entre mafias por la disputa de territorio.

Estas pugnas dentro de Alianza País son de carácter político, por la dirección del partido y las instituciones del Estado. Esos conflictos forman parte de las contradicciones interburguesas (interoligárquicas) que no son antagónicas, pues pueden reconciliarse, una muestra de aquello es la actuación conjunta de morenistas y correístas en la Asamblea Nacional y el Consejo Administrativo de la Legislatura que archivó las solicitudes de juicio político a Glas, Augusto Espinoza, Gustavo Jalkh, Richard Espinoza, etc. Clarísima posición unitaria, que más parece un homenaje a la corrupción y la impunidad.

La crisis de la otrora primera fuerza política del Ecuador es una competencia por el liderazgo político entre los restos de una decadente década y un emergente proyecto que toma distancia en la forma, aunque no en el fondo. Esta reedición cosmética de la llamada “Revolución Ciudadana” es evidente, pues básicamente no hay diferencias en el manejo económico del anterior y el actual gobierno caracterizado por mayor endeudamiento público, alto gasto burocrático, desatención a la reactivación productiva, privilegio al pago de la deuda externa, continuación del extractivismo petrolero y minero, reprimarización de la economía, incumplimiento en la entrega del presupuesto constitucional a salud y educación, etc.

Pero el retorno de Rafael trasciende a la participación en la convención nacional de correístas. Ese regreso coincide con la etapa de juzgamiento que enfrenta Glas, Rivera, Pólit y 10 personas más por el delito de asociación ilícita en el caso Odebrecht, además su vuelta concuerda con los días en que la Corte Constitucional dictaminará la legalidad de las preguntas de la Consulta Popular; al parecer apuesta a presionar dictámenes y sentencias como la inocencia de los procesados por corrupción y evitar que el pueblo decida sobre la reelección indefinida. Sin duda que hay intereses de por medio en su llegada.

Detrás de la auto repatriación de Correa también hay objetivos ideológicos neo populistas, el interés es rehabilitar la imagen del caudillo como la de un mesías salvador traicionado por sus discípulos, de un mártir que arriesga hasta su vida por la Patria. Estos experimentos del marketing político intentan anular el papel decisivo de las masas en la historia y sobresaltar la dependencia social que tienen las clases trabajadoras del líder iluminado para conquistar su liberación; nada distinto hay detrás de estos propósitos con los ensayados por Bucaram y Velasco Ibarra indistintamente.

A la reunión de amigos correístas, que tendrá lugar en Esmeraldas, asistirán  algunos remanentes de fanáticos que aún le declaran fidelidad al ex presidente, pero también habrá sillas vacías por la ausencia de fugitivos de la ley y  de uno que otro privado de la libertad como Glas o Capaya.

Distantes estarán sus antiguos socios, los que evitaron cualquier crítica al dueño del país durante su mandato, ahora alineados detrás del nuevo inquilino de Carondelet se atreverán a desafiar un poder debilitado y vitorear al nuevo jeque de la política nacional.

Más allá de este maniqueísmo burgués de Alianza País, las clases populares rechazan mayoritariamente la presencia de Correa por su relación con la corrupción, el autoritarismo y el fracaso económico. No será sencillo cambiar esa percepción de las mayorías, es difícil engañar al pueblo con shows prefabricados, seguramente el caudillo cosechará lo que sembró.

 

Lcdo. Francisco Escandón Guevara

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ALIANZA PAIS EN CRISIS

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A partir de que Lenin Moreno anunció que adoptaría un estilo diferente de gobierno se iniciaron las pugnas con su antecesor. La progresiva distancia adoptada, con respecto al proyecto político de la pasada década, obedece a la urgencia de mejorar su credibilidad mellada en la segunda vuelta electoral.

Esa metamorfosis tiene como resultado una relación inversamente proporcional, de un lado los números del actual presidente mejoran y por otro se profundiza el distanciamiento con el correísmo a las actuales dimensiones de una ruptura del partido de gobierno.

La quiebra de Alianza País es paralela a la crisis política del Ecuador, y esta es consecuencia de una cooptación de las instituciones del Estado burgués bajo la dirección de un populismo tecnocrático.

Y es que el correísmo fue un régimen construido sobre concepciones populistas que negó la existencia de clases sociales, de las contradicciones de intereses entre ellas, cuando homogenizaron a ricos y pobres con el membrete de ciudadanía. En el fondo esta teoría pretende aplastar la disidencia de opinión y priorizar la relación del caudillo con una muchedumbre amorfa (sin filiación alguna) o mediante sindicatos fundados para ovacionar al líder al momento de su discurso enajenante.

Así Correa cosificó a las masas, ellas no son actoras de los cambios, sino simples objetos (cosas) dirigidas por su razón utilitarista. Esa concepción también se encarnizó en Alianza País, que a esta altura demuestra su esencia aristocrática y bonapartista[1], representada en un jefe supremo rodeado de sumisos encargados de asuntos corrientes.

La pretendida destitución (sanción disciplinaria) de la presidencia partidaria de Moreno es una muestra de que el viejo correísmo no está dispuesto a ceder pacíficamente el poder político del Ecuador, es una reacción desesperada frente a los golpes atinados por el morenismo que no deja en pie los más propagandizados mitos de una revolución no iniciada.

Amenazada la egolatría del caudillo populista que reclama su papel decisivo en la historia, el megalómano Rafael que antes reivindicó su jerarquía sobre los órganos del Estado y su acción de sometimiento a la sociedad, ahora ondea su condición de presidente vitalicio –por poco plenipotenciario– de Alianza País para doblegar bajo sus designios al  otrora compañero de fórmula.

Estas acciones y conspiraciones dividen aguas en el oficialismo; el reparto de influencia en las instituciones es evidente, principalmente en el bloque parlamentario que actúa en la Asamblea Nacional.

Al lado de Correa, están los mismos defensores de la inocencia de Glas, se sitúan aquellos que pretenden institucionalizar la impunidad de una autocracia (gobierno de uno) corrompida, allí están alineados y reducidos cada vez menos de sus antiguos colaboradores.

En la orilla de Moreno se sitúa la mayoría de la disidencia correísta: están personajes que fueron desplazados en los primeros años de la anterior década, se suman importantes contingentes de oportunistas que alquilan su conciencia a cambio de cargos burocráticos de alto nivel o de contratos millonarios con el Estado, existen precandidatos pancistas que pretenden llegar al poder a la sombra de las preferencias electorales de Carondelet y también hay unos tantos que le apuestan al tráfico de influencias para desmarcarse de sus actividades delictivas.

Una tercera falange parlamentaria no toma aún posición. Se trata de más de una docena de asambleístas del oficialismo que especularán su postura y negociarán su voto hasta que sea evidente qué sector gana la disputa.

Pero aún con estos alineamientos no termina las vendettas. El siguiente movimiento de este tragicómico ajedrez puede ser la destitución y encarcelamiento en firme de Glas, el llamamiento a juicios políticos y penales de otros personajes de ingrata recordación, nuevas traiciones, falsas lealtades, etc.

Esta implosión del correísmo, se hunde y rompe hacia dentro, no es generada únicamente por las disputas interburguesas de las facciones oficialistas, lo determinante de la crisis es el cambio cualitativo en el imaginario social que ahora relaciona al decenio anterior con persecución a sus opositores, fracaso económico y corrupción.

La autocracia de una década está agonizante, no ha muerto, aunque en desventaja aún disputa el poder político del Estado, pero su futuro se prevé catastrófico en caso de que el pueblo en la Consulta Popular vote por el sí para: impedir la reelección indefinida, sancionar a los corruptos, cesar de sus cargos a los miembros del Consejo de Participación Ciudadana y Control Social, y, reorganizar la institucionalidad estatal.

El golpe de gracia para superar a la primera versión de la Revolución Ciudadana lo dará el pueblo, pero los de abajo tienen además la obligación de superar el maniqueísmo burgués que pretende obligar al escogimiento entre dos opciones: ser correístas o morenistas.

El verdadero futuro del pueblo es independiente de cualquier proyecto político que beneficie a los monopolios nacionales y extranjeros, hay que superar las ilusiones apostadas en falsos profetas y consolidar la unidad política-social de las clases trabajadoras con la juventud para transformar la sociedad.

Al fin y al cabo, sólo el pueblo salva al pueblo.

 

[1] Un régimen es bonapartista cuando existe una subordinación de todo el poder bajo las órdenes del ejecutivo que es gobernado por una personalidad que se instituye como gran líder, monarca o dictador; aunque ese desprecio del bonapartismo con respecto a los bloques parlamentarios burgueses es una falacia porque la política impulsada por el gobierno coincide con los intereses económicos de esa clase social dominante.